lunes, 11 de enero de 2021

Fernando Castelmar entrevista a Eloi Yagüe: "Volveré a la novela negra"


En Octubre de 2000 salió publicado en Bogotá un libro singular, titulado Esvástica de sangre. La singularidad en primer lugar residía en el título, en el hecho de que se trataba de un libro de cuentos y que había sido escrito por un autor venezolano, nacido en España y publicado en Colombia. Si a ello sumamos que la editorial Norma que lo publicó no existe al día de hoy, veremos que la singularidad se cierra. Tampoco existen los premios que ganaron dos de los cuentos. Casi pudiéramos decir que es un libro fantasma, como casi todos. Pero para eso, para luchar contra el olvido, nos acercamos a su autor. Porque para él sí que existe el libro y, sobre todo dos personajes inolvidables que nacieron en sus páginas: el periodista Castelmar y el comisario Dávila.

Fue la presentación en sociedad de Eloi Yagüe Jarque (Valencia de España, 1957) como escritor de relatos policiales o que recrean las atmósferas de la novela negra. Desde ese momento Yagüe ha publicado siete libros de cuentos y cinco novelas, la mayoría en la línea policial. 

–Sí, bueno, a partir de ahí me pusieron la etiqueta de escritor de novela negra. Pero mi primer libro, El Nexo Vertical (1990) era de cuentos fantásticos.

–Pero es escritor de novela negra, ¿cierto?

–Sí, claro. Pero no exclusivamente.

–¿Y qué le gusta más escribir cuento o novela?

–Son experiencias diferentes. La novela requiere una mayor planificación, una mayor perseverancia y ciertamente una mayor dosis de paciencia. No descubrí que podía escribir novela hasta pasados los 40 años cuando Planeta me publicó Las alfombras gastadas de Gran hotel Venezuela, que es un policial en regla, aunque algunos le niegan la condición de novela negra.

–Volviendo a la pregunta…

–Gracias por no dejarme desvariar. El cuento me permite una mayor libertad creativa, pone a prueba tanto mi imaginación como mi capacidad narrativa. El cuento es una experiencia límite de la escritura, es un artefacto explosivo que explota o no explota. Lo ideal es que te explote en las manos, si no, no funciona. La experiencia de un cuento, tanto la escritura como la lectura, es fugaz e intensa, como un orgasmo. En el cuento me siento más libre, por eso la mayoría de mis relatos son fantásticos y me encanta el género de terror, me confieso lovecraftiano.  

Esvástica de sangre consta de trece cuentos. Dos de ellos fueron premiados internacionalmente. El primero, el que le da título al libro, fue finalista en 1995 del Premio Carlos Castro Saavedra de Medellín, un premio que ya no existe; el segundo, La inconveniencia de servir a dos patronos, obtuvo en 1998 el Premio Juan Rulfo, de Radio Francia Internacional, al mejor relato policial. Otro premio que desapareció.

–Este premio, tampoco existe ya porque los familiares de Rulfo interpusieron quejas o demandas Pero en aquel momento existía con ese nombre y la Semana Negra de Gijón, patrocinaba ese premio, que se otorgaba al mejor relato policial. Era bastante prestigioso. En su versión general lo ganó el escritor venezolano Salvador Garmendia, tuve el honor de que presentara mi libro en la librería Macondo, en  Caracas. 

–¿Por qué cree que su cuento ganó un premio tan concurrido?

–La inconveniencia… es un cuento bastante latinoamericano. Es decir, irreverente y desenfadado. Surgió como un esquema: el guardaespaldas del mafioso A es contratado por el mafioso B para matar a su jefe; cuando lo va a hacer, el mafioso A dobla la suma para que mate al mafioso B, y así sucesivamente. Para finalizar con el absurdo, propongo al lector cuatro finales, aconsejado por Borges, más un bonus track. Lo que comenzó como un divertimento se convirtió en un cuento donde exploro una situación absurda pero muy latinoamericana. Y el lenguaje, desde luego, es también muy musical, todos los nombres tienen la che: Chancho, Cachano, Charito, y así sucesivamente. Me inspiré, y no tengo problema en admitirlo, en varias canciones. Por eso tiene tres epígrafes: el de Café Tacuba (Chilanga Banda), el de Desorden Público (Plomo revienta) y el de León Gieco (Ojo con los Orozco).

–¿En qué consistió el premio?

–Fue el viaje y estadía en la Semana Negra de Gijón de 1999, organizada por Paco Ignacio Taibo II. Allí tuve oportunidad de conocer a escritores españoles y latinoamericanos como Mariano Sánchez, Javier Abasolo, Juan Antonio de Blas, el cubano Justo Vasco, el periodista colombiano Germán Castro Caycedo, entre otros. También el premio anterior, el Carlos Castro Saavedra, me permitió viajar a Medellín, en los años duros del sicariato. Pero fue una gran experiencia porque cuando llegué a la Biblioteca Pública Piloto mi primera sorpresa fue que el libro con los cuentos ganadores y finalistas ya estaba publicado, la segunda era que había una larga cola de gente para que le firmara el libro y la tercera es que me pedían el autógrafo con un enorme respeto y me llamaban “Maestro”. Fue muy estimulante, era la primera vez que me sentí escritor de veras.

–Y escritor policial, porque en Esvástica… nací yo.

–¡Claro!, Ahí nació Fernando Castelmar, mi personaje serial, mi alter ego, periodista que investiga crímenes muy a su pesar.

–Ya, me metes en cada problema... En Esvástica… caigo en manos de un neonazi loco que me tortura. Disculpa que te tutee, pero ya que eres mi padre…

–Vale, pero no te quejes, al final siempre te salva Dávila. Como en Las alfombras gastadas del gran Hotel Venezuela y en Cuando amas debes partir.

–¿Por qué escogiste un periodista como personaje serial?

–Porque los periodistas se la pasan husmeando, tienen mucha movilidad y manejan mucha información. Dávila es su complemento, el hombre que empuña el arma y no vacila en usarla cuando es necesario, una rara avis pues es un policía honesto.

–¿De dónde salió la idea del cuento?

–Debo confesar que de un cuento de Borges, La muerte y la Brújula, me fascinó la idea de unos asesinatos rituales dibujados en el mapa de una ciudad. Así que tomé un mapa de Caracas y dibujé encima una esvástica. Generalmente la muerte en Caracas es una situación vulgar, repetitiva, pero esto le daba un nuevo enfoque; el enfoque ritual de un serial killer: Weintraub, similar a Jame Gumb, alias Buffalo Bill, de El Silencio de los inocentes, película que me impresionó mucho.

–¿Cómo lograste que un autor prácticamente desconocido publicara en una editorial colombiana prestigiosa?

–En primer lugar porque confío en la calidad de mi escritura, que fue luego avalada por los dos premios. Con ese bagaje armé mi libro de cuentos y con el manuscrito bajo el brazo me fui a la Feria del libro de Bogotá. Fue una apuesta arriesgada pues si en Venezuela no me conocía nadie, en Colombia menos aún, aunque había el antecedente del premio en Medellín. Pero yo estaba claro de que si quería internacionalizarme debía ser publicado por una editorial internacional, valga la redundancia. Así que hice tres copias de mi libro (lo que me dio el presupuesto) y lo repartí entre tres editoriales en la Feria de Bogotá. Luego me volví a Venezuela y seis meses después me llamaron de Norma para decirme que me iban a publicar el libro. Esta anécdota la cuento para que los jóvenes escritores no se desanimen. Lo primero es escribir bien, lo segundo es armarse de paciencia porque si tu trabajo es bueno, la recompensa llega tarde o temprano.

También tuvo que pedir prestado para enviar La inconveniencia… por correo a París, pues era costoso. Le pasó algo similar a García Márquez cuando mandó Cien años de soledad a la editorial Sudamericana, en Buenos Aires, y no tenía el dinero para enviarla completa (350 páginas) así que mandó la mitad. Pero Yagüe tuvo la ventaja de que era un cuento y no una novela y no le pasó lo del Gabo, que se equivocó y mandó la segunda parte en lugar de la primera. Lo demás es historia.

–Entonces, finalmente, ¿te arrepientes de que te consideren autor de novela negra?

–No me arrepiento de nada de lo que he escrito, aunque admito que hay libros que me gustan más que otros. Estoy en la edad en que un escritor debe reflexionar sobre su obra, como aconsejaba Cortázar, y estoy consciente de lo bueno y lo menos bueno. Lo interesante de la novela negra es que exige una estructura narrativa rigurosa, que no permite el desvarío ni la retórica: una vez que se descubre un cadáver comienza una investigación y tiene que haber un resultado, de lo contrario el lector tirará el libro por la ventana. Ahora más que nunca la novela negra tiene vigencia porque la corrupción impera en Venezuela y en el mundo. Por lo tanto vaticino: Volveré a la novela negra.

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Puedes leer Esvástica de sangre en https://www.blogger.com/blog/post/edit/8509279058075247123/9183492335253129047




martes, 10 de noviembre de 2020

Venezuela, ¿una realidad de novela negra?

 

 Siempre me he preguntado por qué se conoce tan poco la literatura venezolana en el mundo. Es algo que aún no me he podido responder. No es por falta de escritores. Rómulo Gallegos y Arturo Uslar Pietri, por citar solo dos, habrían merecido el Premio Nobel de Literatura por la calidad de su obra. Pero dejemos que sean los estudiosos de la literatura los que traten de responder esa pregunta.

La narrativa venezolana es eminentemente realista. Un país que durante todo el siglo 19 prácticamente estuvo en guerra, primero en la de independencia, y después hubo conflictos internos de todo tipo: alzamientos, motines, revoluciones. Tal vez por ello, en Venezuela siempre hubo poco espacio para la imaginación: leer y escribir fue actividad de élites ilustradas que generalmente preferían las evasiones románticas o modernistas antes que enfrentar la realidad, una realidad caracterizada por la injusticia social, la inequidad y los problemas sociales heredados de 300 años de colonia.

La primera novela con elementos policiales de Venezuela fue escrita por una mujer y publicada en 1889. Se trata de la novela Un crimen misterioso, de Lina López de Aramburu, conocida con el seudónimo de Zulima, lo cual tiene mérito pues Estudio en Escarlata, la primera novela protagonizada por Sherlock Holmes, data de 1887, es decir apenas dos años antes.

Un crimen misterioso en realidad es una novela romántica pero comienza con el hallazgo de un cadáver en un mercado de Caracas. Gran novedad. Sin embargo hasta allí llega la referencia policial. En esta obra se observa como telón de fondo los enfrentamientos entre liberales y conservadores que caracterizaron este periodo.

El realismo social llegó para instalarse en la narrativa, mientras que la poesía fue eminentemente romántica o modernista.  Los escritores venezolanos, acosados por la violencia, la inestabilidad política, la censura y la represión establecida por largas dictaduras, reflejaron en sus obras, de una forma u otra, la larga lucha del pueblo por la libertad y la justicia.

Escritores como José Rafael Pocaterra, los mencionados Gallegos y Uslar Pietri, Enrique Bernardo Núñez, Ramón Díaz Sánchez, Teresa de la Parra, Eduardo Pardo, Urbaneja Achehpolh, rindieron tributo a este realismo social. Es como si los escritores venezolanos, obsesionados tanto con la historia como con la realidad inmediata del país, se hubieran sentido llamados a reflejar estas circunstancias en sus obras.

Mientras en Argentina Jorge Luis Borges dirige a partir de 1945 la colección “El Séptimo Círculo”, que da a conocer al público de lengua castellana los principales títulos de novela negra y policial anglosajona, lo policial aún no se manifiesta en la literatura venezolana sino de manera tangencial y marginal.

Andrés Mariño Palacio publica en 1946 un cuento titulado Muerte en el Callejón donde aparece un cadáver en un barrio de Caracas y mientras la policía levanta el cuerpo, el narrador se pregunta si fue él el asesino. Guillermo Meneses, uno de nuestros mejores narradores escribe su cuento más famoso titulado La mano junto al muro en el que un investigador, que lleva un sombrerito ladeado, se pregunta quienes fueron los asesinos de una prostituta que aparece muerta en un  burdel portuario.

Lo policial aparece como parodia, experimento, intento, pero nunca trabajado con fuerza y desde adentro, como una vertiente literaria respetable. Es como si los escritores venezolanos desconocieran o no le dieran importancia a la ya larga tradición literaria del policial.

En 1958 cae la dictadura de Pérez Jiménez. Militantes políticos escriben obras en la que dejan constancia de la represión. La literatura de denuncia, testimonial, de prisión, prolifera en Venezuela y no deja de ser importante hasta nuestros días.

En la década de los sesenta, llamada la década violenta, la actividad guerrillera en Venezuela genera una literatura testimonial de la militancia política de izquierda y su secuela de cárcel y represión.

Dos narradores brillan con luz propia en esta etapa: Salvador Garmendia y Adriano González León. Este último gana en 1967 el prestigioso premio Seix Barral Biblioteca Beve con País Portátil, una novela que traza un recorrido histórico de la violencia en Venezuela a través de Andres Barazarte un personaje equivalente al Leopold Bloom del Ulises de Joyce.

El nacimiento de la literatura propiamente policial en el país tendrá que aguardar, paradójicamente, al surgimiento de una policía técnica judicial, es decir una policía profesional, en la etapa democrática, pues en Venezuela la policía siempre había sido política y su función era la de reprimir a los opositores.

No debe extrañar, por lo tanto que el primer escritor policial de Venezuela haya sido un policía: Fermín Mármol León funda el género en 1978 con la publicación de Cuatro crímenes, cuatro poderes, libro del cual el escritor Arturo Uslar Pietri (Premio Príncipe de Asturias de las Letras 1990), dijo que era el peor escrito que había leído pero el más interesante.

En verdad Cuatro crímenes cuatro poderes no es una novela sino una serie de crónicas, redactadas en el más puro estilo forense, sobre casos que había manejado Mármol León en su condición de jefe de Homicidios de la extinta PTJ (Policía Técnica Judicial) que impactaron en su momento a la opinión pública pues involucraban al poder político, al económico, al eclesiástico y al militar.

Si bien su escritura carece de imaginación y de vuelo literario, no se puede negar que Mármol León tuvo la valentía de ventilar en público los trapos sucios del poder y nadie le quita su condición de pionero. Considerado el libro más vendido en la historia editorial del país (700 mil ejemplares a la fecha), fue llevado al cine por Román Chalbaud en las películas Cangrejo I y II (cangrejo, en argot policial es un caso difícil pero resuelto).

Cuatro crímenes cuatro poderes no era novela ni era negra. En sentido estricto, este género surgió en Estados Unidos a raíz de la crisis económica y social de los años 20 y 30 del siglo pasado, caracterizada por desempleo, corrupción generalizada y surgimiento de poderosas mafias criminales en el marco de la producción y contrabando de alcohol, actividades penadas por la Ley Volstead o Ley Seca.

La novela negra norteamericana tuvo autores tan representativos como Dashiell Hammet, Raymond Chandler o Jim Thompson, y codificó la figura del detective privado, un antihéroe literario caracterizado por ser una especie de vengador solitario provisto de un rígido código de ética personal, así como de una enorme capacidad de ingesta alcohólica y cierta misoginia.

En Venezuela, la novela negra, considerada como la novela social por excelencia según el concepto de Paco Ignacio Taibo II, gran gurú hispanomericano del género, tuvo que esperar hasta los convulsos 80 para irrumpir con fuerza. Tal vez porque fue en esa década que se produjeron los primeros síntomas de una generalizada crisis económica, política y social que derivó en el Caracazo, la conmoción social del 27 de febrero de 1989, que dio al traste con el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez y allanó el camino para el arribo al poder, nueve años más tarde, de Hugo Chávez.

En los años 80 irrumpe en el panorama editorial Marcos Tarre, arquitecto y columnista de El Nacional en materia de seguridad (luego –también él– sería jefe policial). Tarre creó al comisario Gumersindo Peña, primer personaje serial de la literatura policial venezolana, desarrollando una saga que ya cuenta con varios títulos: Colt Comando 5.56 (1983, llevada al cine en 1987), Sentinel 44 (1985), Operativo Victoria (1988, finalista del premio Rómulo Gallegos), Bar 30 (1993), Bala Morena (2004), Rojo Express (2010).

En 1998, Eloi Yagüe Jarque gana el premio Semana Negra de Gijón al mejor relato policial con la Inconveniencia de servir a dos patronos. En 1999 aparece su novela negra Las alfombras gastadas del Gran Hotel Venezuela, primera de la saga del periodista Castelmar, la cual fue finalista del Premio Rómulo Gallegos en 2001, y en 2000 su libro de relatos Esvástica de Sangre que incluye el mencionado y el que le da título al libro, que obtuvo el premio Carlos Castro Saavedra, en Medellín.

La novela negra empieza a tener adeptos en Venezuela, como lo demuestra un público que sigue fielmente a autores tales como Manuel Vázquez Montalbán, Andrea Camilleri o Henning Mankell.

Sin embargo no es sino hasta 2005 cuando el editor Leonardo Milla se atreve a lanzar Alfa 7, la primera colección nacional de novela policial. Durante varios años, hasta su fallecimiento en 2008, publicó a autores como José Pulido (La canción del ciempiés), Roberto Echeto (No habrá final), Ana Teresa Torres (El corazón del otro), Valentina Saa Carbonell (La sangre lavada), Luis Medina (Matándolas a todas), Alberto Arvelo Ramos (Honestidad), Alexis Rosas (Los últimos pájaros de la tarde) y Marcos Tarre (Bala Morena).

Tras un paréntesis de varios años, en los que algunos autores emergentes como Fedosy Santaella o Héctor Bujanda, utilizan en sus narraciones técnicas, atmósferas y estructuras propias del policial, Ediciones B decide lanzar una nueva colección, llamada Vértigo, y le encomienda a la escritora Mónica Montañés su diseño. Ella decide que las novelas a publicar girarán alrededor de la situación de la mujer en Venezuela, bien sea como victimaria o como víctima.

En septiembre 2012 fue presentado el primer título: La segunda sagrada familia, de Inés Muñoz Aguirre. Posteriormente fueron publicados Eduardo Sánchez Rugeles (Jezabel), José Manuel Peláez (Por poco lo logro), Wilmer Poleo Zerpa (Guararé), María Isoliett Iglesias (Me tiraste la hembra p’al piso), José Pulido (El requetemuerto), Valentina Saa Carbonell (Óyeme con los ojos), Eloi Yagüe (Amantes Letales) y la propia Montañés (La víctima perfecta).

Actualmente la novela negra en Venezuela se encuentra frente a una paradoja. Por un lado, en el país  se vive una crítica situación económica, social y política, similar a la que dio origen a la novela negra norteamericana; por el otro, sin embargo, no hay incentivos para publicar, no hay papel, ni tinta, ni premios, ni editores dispuestos a apostar por el género.

En el país se calculan unos 24 mil homicidos al año; a la vez proliferan las denuncias de corrupción generalizada en los más altos estamentos; existe un alto índice de impunidad, así como la presencia del crimen organizado en mafias dedicadas al narcotráfico, al contrabando y al lavado de dólares; todos estos son elementos que configuran un caldo de cultivo favorable para la aparición de un poderoso movimiento de novela negra.

Empero, una vez más la realidad parece ganarle la partida a la ficción. Los libros más vendidos en el país son escritos por periodistas y tienen que ver con casos criminales de la vida real, como el del psiquiatra Emundo Chirinos o el asesinato de la modelo Mónica Spears, que si bien cumplen la función de ser puntuales carecen de vuelo literario.

La novela negra se encuentra en pausa en este momento en Venezuela. Los escritores se plantean otros retos y muchos ya se han ido del país. Tal vez se pierda el empuje inicial que llevó a un florecimiento de esta vertiente literaria. De ser así, habrá que ponerle el sello de “caso cerrado” a la historia de un género que murió sin haber llegado a conocer la madurez.

Sin embargo, algunos autores persistimos en la convicción de que la novela negra puede ser la herramienta más adecuada para aprehender la compleja realidad política, económica y social en que se ha convertido la Venezuela de hoy.  Seguramente lo más difícil será desarrollar un personaje como Kurt Wallander, un policía honesto que llegue hasta las últimas consecuencias. Pero en eso estamos.

                            Eloi Yagüe Jarque / Tenerife Noir, marzo 2016

 

      


 

 

 

jueves, 29 de noviembre de 2012



           
           
  HIJO PRÓDIGO


Cuento finalista del XIII Concurso de Relato Policial Sexto Continente, patrocinado por de Radio Nacional de España y Ediciones Irreverentes. Noviembre 2012.

            Dos hombres encapuchados y armados entran en una pequeña tienda gritando: “¡Todos al suelo, esto es un atraco!”. Hay poca gente pero todos se echan al piso. “El que se mueva lo quemo. El que hable lo mato”, dice uno de ellos, agresivo. “Quédate aquí”, le dice al otro. “Vigílalos. ¡El que se mueva o hable, lo matas!”. El encargado de vigilar se queda apuntando con una escopeta. Se nota nervioso. Uno de los que está en el piso alza lentamente la cabeza y se le queda viendo. Lo mira con mucha insistencia, como si con la mirada quisiera traspasar la capucha.  El otro se pone nervioso y le dice: 
–¿Qué te pasa, viejo. ¡No me mires!
–¿Hijo, eres tú? –le dice el viejo.
El otro se mueve nerviosamente.
–¿Papá? –responde, con voz temblorosa y juvenil.
–Hijo, ¿qué estás haciendo?–dice incorporándose.
–Sh, no te muevas, no hables.
–Te he buscado por todas partes. Pensé que estabas muerto.
–Cállate, ese es, loco te puede matar.
–Hijo, estás a tiempo, suelta esa arma, vámonos a casa. Tu madre te está esperando –dijo poniéndose de pie y tendiéndole los brazos.
–¿Qué pasa allí? –grita el otro asaltante desde la caja que está desvalijando–. ¡Te dije que el que hable lo matas!
            –Tranquilo, pana, aquí está todo bajo control. Pero apúrate con la caja.
            –Hijo, no tienes que hacer esto, no quiero que vayas a la cárcel.
            El asaltante se quita la capucha de un sólo movimiento desesperado. En efecto, es un muchacho como de dieciocho años.
            –Coño viejo, ¿No entiendes? No tengo alternativa.
            –Claro que sí puedes seguir estudiando, puedes trabajar...
            –Tú me botaste de la casa, ¿recuerdas?
            –Sí, y no sabes cuánto me arrepiento. Pero las drogas, las malditas drogas… Hijo perdóname… regresa por favor –dice el viejo acercándose para abrazarlo.
            En eso aparece el otro asaltante.
            –¿Qué vaina es esta. ¿No te dije que mataras al que se moviera?
            –Es mi padre, huevón.
            –¿Es tu papi? ¿En serio? ¿El que te botó de la casa? –dice el asaltante rodeando al viejo, observándolo por todas partes–. Mátalo.
            –¿Qué? ¿Tú estás loco?
            –Te lo dije clarito: el que se mueva o hable, lo quemas. En esta vaina el que manda soy yo, ¿okey? Te lo voy a poner clarito: o lo matas o te mato yo a ti y luego a él.
            El muchacho apunta lentamente. Se oye un disparo. Un cuerpo cae al suelo mortalmente herido. Es el asaltante encapuchado. El viejo y el muchacho completan el abrazo interrumpido.
            –Ven, hijo. Vámonos a casa –dice el viejo.

                                                                                               Eloi Yagüe Jarque





            Eloi Yagüe Jarque, escritor y periodista, nació en Valencia, España, en 1957. Vive en Caracas desde que era niño. Actualmente es profesor de Lengua y Literatura en la Universidad Central de Venezuela y ejerce simultáneamente el periodismo y la literatura.
            Como narrador tiene publicadas dos novelas negras y siete libros de cuentos. En 1998 obtuvo el premio Semana Negra, de Radio Francia Internacional, al mejor relato policial, con el cuento La inconveniencia de servir a dos patrones, incluido en la antología La vasta brevedad (Alfaguara, 2010, ISBN 978-980-15-0348-4)
            Libros publicados
  • Cuando amas debes partir (Seix Barral, 2006, ISBN 980-271-368-6)
  • Esvástica de sangre (Norma, 2000, ISBN 958-04-5966-5)
  • Las alfombras gastadas del Gran Hotel Venezuela (Planeta, 1999, ISBN 980-271-285-X)

            e-mail: eloi.yague@gmail.com



jueves, 13 de septiembre de 2012



2666, primera reflexión


En esta novela predomina la muerte y la desolación. Y sin embargo, cuesta terminarla, como si a última hora se quisiera prolongar su sabor. ¿Estructura abierta o novela inacabada? ¿Qué es después de todo una novela inacabada? La novela póstuma de Roberto Bolaño merece un detenido análisis como inusual expresión de un grande esfuerzo narrativo.
No voy a caer en la discusión estéril de si le sobran o le faltan páginas. Pienso que las 1120 que tiene le fueron suficientes a Roberto Bolaño para demostrar de qué es capaz como narrador veterano. Estructurada en cinco bloques: La parte de los críticos, La parte de Amalfitano, La parte de Fate, La parte de los crímenes y La parte de Archimboldi, se dice que, antes de ser partes, fueron novelas independientes y que fue decisión de los herederos del escritor chileno y de su editor Herralde, lanzarlas al mercado como una sola obra, pues así la consideran.
En verdad todas están relacionadas y hay un “centro oculto”, como señalaba Bolaño. Pero este centro podría ser un concepto, no necesariamente un lugar, como señala el crítico Ignacio Echevarría, quien afirma que ese centro es Santa Teresa (alteridad de Ciudad Juárez, la ciudad mexicana donde matan a las mujeres).
Para mí el “centro oculto” es la maldad, la maldad como concepto, como abstracción, como motor que impulsa a la novela hacia su núcleo dramático (y temático) que son los feminicidios como manifestación de ese “horror”, el mismo que trabaja Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas.
Esa maldad es lo que provoca los crímenes de las mujeres (muchas de ellas niñas, para mayor indefensión) en esa ciudad hipotética que pudiera ser Ciudad Juárez o Tijuana, lo que importa es que se trata de una urbe cercada por el desierto, o sea, por la esterilidad. De ahí el epígrafe de Baudelaire: “Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”.
Lo que está en el centro, repito, es la maldad, esa fuerza ciega que lleva a la destrucción y ciertamente un alemán medio loco no es el asesino de todas las mujeres aunque, en efecto, haya matado algunas. La cosa no es tan fácil. Los homicidios son una obra colectiva producto de un furor anónimo, un exterminio sistemático cuyo responsable final no tiene nombre ni apellido, ni siquiera el de Klaus Haas. Es como intentar achacarle a Hitler la responsabilidad entera del asesinato de millones de seres humanos. Si bien él dio la orden, la ejecutó un ejército de incondicionales de los cuales no todos estaban locos, aunque entre ellos había verdaderos criminales.
Por eso 2666 no es una novela policial: aunque hay crímenes y una investigación en marcha (que no concluye con el arresto de Klaus pues los homicidios prosiguen aún con él en la cárcel) y un proceso judicial que en un momento dado cae en el limbo, como suele suceder en nuestros países latinoamericanos. Lo que no hay es un móvil, un por qué. La tesis del cine snuff (pornografía de la muerte) es apenas una posibilidad tal vez cierta como explicación de algunas muertes, pero nada termina de justificar la matanza de mujeres, todas con un modus operandi similar: estrangulamiento con fractura del hueso hioides.
La racionalidad (de la cual la mentalidad policial es apenas una de sus manifestaciones) se estrella contra la aparición del mal en estado puro, pues este daño no tiene explicación ni justificación. No tiene móvil ni motivos y, por supuesto, no tiene castigo y muy pocos culpables son capturados. El miedo, el terror y la paranoia se extienden por la ciudad como un cáncer irreversible, que provoca que una maestra se suicide porque no quiere vivir en una ciudad donde matan mujeres de esa manera cruel y despiadada.
Desde esta perspectiva, 2666 es más que un policial, una novela sobre el mal y la maldad, una obra moralista que busca sacudir la conciencia de los lectores, adormecida por la presencia anestesiante de internet, que nos hace ver el horror y la maldad como algo natural y aún necesario. Esa maldad a la que nos vamos acostumbrando./ Eloi Yagüe